domingo, 27 de junio de 2010

Constato

La molesta sensación de que
las cosas sin mí giran.
Giran las cosas sin mí.
Sin mí el mundo se mueve.
Se mueve y toma decisiones, alguien.

Alguien, por mí, toma decisiones,
decisiones que yo no puedo cambiar.
Cambiar, ni tomar, ni decidir.
Decidir. Y el mundo gira,
gira sin ti y sin  mí.

Sin mí da vueltas el mundo,
mundo que sin mí gira.
Gira y da vueltas sin mí,
sin mí, que nada puedo.

Nicolás Calvo
Marid
Junio 2010

viernes, 25 de junio de 2010

Nubes

Por las nubes,
para las nubes,
en las nubes.

Sin las nubes,
con las nubes,
de las nubes.

Algo haré con las nubes,
nada haré con las nubes;
sin las nubes.

Puedo hablar de las nubes
o no
hablar.
Otra vez las nubes;
me invaden las nubes.

Me gustan las nubes
o no
me gustan.
Hablo de nubes, hablo
o no.

O sí,
pero hoy de nubes.

Nicolás Calvo
Madrid
Junio 2010

jueves, 17 de junio de 2010

Domingo de Primavera en París

Amerizo sobre mojado sol.
La mañana es sólo azul; azul pintado.
Cada palabra cuenta, aun muda,
y reclamo esa voz dormida.

¿Me coarto con reglas?
Nadie siente pasión por las aceras
a veces manchadas, a veces tan pobres,
mas, ¿por qué callar, viento?

Sólo una pupila, un ojo,
¡pero qué ojo!. Camina la mañana,
no a través de calles húmedas: de ríos,
de férreas veredas bajo el suelo.

Cabalga París sobre su límite
y su galope resuena en el corazón.
Nada mejor que dos torres para
mirarse a uno mismo desde lo alto.

Nada puede verse sin que sea viejo
en sí, pero nuevo a la mirada, sutil,
del propio nacimiento a las cosas
que la ciudad, abierta, propone.

París, como un trapo mojado,
se encoge un instante para, al sol,
dilatarse en el alma como un aroma
grande, profundo, de coñac viejo.

Como una cerveza bien tirada
la luz se desborda por las cúpulas
de palacios ocupados por la vida,
que circula, poderosa, bella, intratable.

Es una mañana en París, de lluvia
amanecida, de sol vencedor.
Quien la ha vivido conoce algo
para abrir los ojos, feliz, cada mañana.

Nicolás Calvo
París
Junio 2010

jueves, 10 de junio de 2010

Tres poemas descreídos

Dios existe.
Dios no existe.
¿Cuál es la diferencia?
La diferencia es no.

A unos nos mataron en nombre de Dios.
A otros los asesinaron diciendo, "Dios no existe".
¿Por qué nadie nos dejó vivir
por ser simplemente seres humanos?

Dios nos manda la enfermedad
para probarnos.
Dios nos concede la salud
como un premio.
Dios nos arrebata la felicidad
como castigo.
Francamente
preferiría que no se ocupara tanto de nosotros.

Nicolás Calvo
Madrid
Junio 2010

martes, 1 de junio de 2010

Concreta geometría de una sonrisa

La parte superior del labio se desliza
y al alcanzar las comisuras, se curva hacia arriba
mostrando un poco los dientes.
El labio inferior se distiende y dilata
y modifica, a la vez, su forma hasta la plenitud
de un gajo de Luna.

Tan sencillo y a la vez tan complejo
movimiento desplaza más músculos
que la elevación del pene o la relajación de la vagina.
Ante tal despliegue
no es extraño que,
con los tiempos que corren,
sea tan cara una sonrisa.

Nicolás Calvo
Madrid
Junio 2010

lunes, 31 de mayo de 2010

Mujer en la ventana

La ventana la enmarca, sentada.
Lee atenta un libro cuyas páginas,
con dedos parsimoniosos, pasa.

Un rayo de sol ilumina la estancia.

Su sombra y la silla dibujada sobre el suelo,
prolongan la placidez de la tarde.
La calma atraviesa la entornada cristalera.

Ojalá esos flotantes copos de luz
visitaran con más asiduidad
mi propia ventana.

Mi absurdo cuarto
repleto de oscuras premoniciones.

Nicolás Calvo
Madrid
Mayo 2010

martes, 11 de mayo de 2010

Niebla

Se me borra tu cara.
Como un vaho se disipa.
Tengo que mirar dos veces
una foto  para reconocerte.

Y contigo me marcho yo.

Me aparto de mi, apenas
reconozco mi escritura.
También se me acaba este refugio.
Una clara inocencia aguarda.

La consumación será el olvido…
Y la nada vendrá a mis ojos.

Nicolás Calvo
Madrid
Mayo 2010

viernes, 7 de mayo de 2010

Poema de puntillas

Shhh…
(el silencio duerme)

Nicolás Calvo
Madrid
Mayo 2010

martes, 4 de mayo de 2010

Teletipos

Pequeñas comadrejas
asoman sus hocicos por debajo
de la socavada cabaña:
la Biblioteca Nacional
se desploma. Los libros
alcanzan su emancipación.

Algunos vagabundos leen,
con dedos temblorosos, la historia
de sus vidas reflejadas
en los mortecinos o brillantes 
espejos de la Guía de Teléfonos.


Hoy he salido sin tarjetas
de visita, pero cuatro páginas
arrancadas de Balzac
me han identificado 
mucho mejor ante la Administración
que mis antiguas cartulinas.

Puede que los barrenderos hoy
no vayan a comer a casa:
demasiado papel que recoger.


Fascinados, los e-books
vomitan su empacho de bytes
ante el desparpajo de los
manoseados lomos en rústica.
¡Es el alba de un nuevo día!
Por fin una ráfaga de aire
fresco airea los viejos salones!

Un poeta pasea por el Pont-Neuf
y deja su I-pod sobre la balaustrada.
Las palabras grabadas 
alcanzan las Tullerías.


Madrid se alza de nuevo el 2 de Mayo.
Ojalá la insurrección, esta vez
contra la estupidez, triunfe. 
Amamos a Francia.
Las palabras del I-pod 
alcanzan el Palacio Real.


Opera se llena de viejos rijosos
que se besan apasionadamente.
Los jóvenes de ambos sexos
hacen el amor de forma indiscriminada
y se cubren las vergüenzas
con la Celestina o Calixto y Melibéa.


La Biblioteca Nacional se alza 
sobre sus ruinas de nuevo.
Las pequeñas comadrejas 
esconden sus hocicos.


En Estados Unidos, la socavada 
cabaña se hunde, sepultando 
entre sus restos, el pálido lazo 
azul de un patriota.


Roma se desborda sobre el Tiber
y Tiromancino canta acerca de
la descrizione di un attimo.
Alguien, en algún lugar de Berlín,
sonríe ante su ordenador.


Algo se mueve por Europa 
abriendo ventanas al sol.
¡Que Facebook reparta suerte!


Nicolás Calvo
Madrid
Mayo 2010

viernes, 30 de abril de 2010

Tres maletas

Mañana
Tintados de bruma
tus ojos exploran el alba.
Sobre la cama, la pequeña maleta
no alcanza a contener
tu esperanza.

Hoy
Tus dedos dibujan
un corazón de carne
sobre su carne.
Pides un día más, unas horas.
Su maleta está hecha.
Cuando corres a la ventana
sólo alcanzas a ver
su voluntad de ausencia.

Ayer
Abres tu maleta
¡Cuantos pares de ojos caben
en una mirada!, ¡cuantas sonrisas delimitan
los contornos
de un cuerpo feliz!
No bastarían el marfil, la seda,
el ébano o la esmeralda
a conformar una imagen tal
la del cuerpo de tu amado.

Nicolás Calvo
Madrid
Abril 2010

viernes, 23 de abril de 2010

Marzo del 68


Los campos se extendían verdes en la mañana
bajo el sol, ya casi primaveral, de finales del invierno.
Nos miramos bien los cinco amigos y agarrados
firmemente de las manos a correr echamos,
como locos, por el alto sembrado de espigas claras.

El aire en la cara, el sol en los ojos, las barbas
del cereal azotando nuestros finos rostros
de dieciocho años, el pecho henchido, amplio,
a reventar de gozo. Las piernas ágiles saltando
del suelo, por encima de las piedras y los surcos vanos.

En un momento las manos se soltaron y cada corazón
tomó su rumbo, creando un rastro en forma de palma
que nos alejaba, radiante, del centro primero, abriendo
surcos de maravilla, dejando estelas de verde oscuro
sobre las grandes, cuadradas, parcelas de millo.

Llegamos al otro lado, sudorosos, felices, anhelantes.
No supimos entonces qué empezaba, mas, de un modo
impar, nos intuimos al futuro proyectados a partir
del mágico momento allí vivido. No volvimos a tener
el sol en alto ni las anchas praderas al alcance.

Otros campos, otros días vinieron a llenar nuestros
deseos, algunos muy profundos, otros hermosos.
Ninguno alcanzó la plenitud, el goce inmenso, panteísta,
de sentirse un bello animal de exquisita piel, músculos
tensos, que hermanaba su cuerpo con el cielo, con la tierra,
con las plantas y el salobre sudor que, trasparente, resbalaba
a sagrados chorros por la tersa piel de nuestros cuerpos
consagrados, plenos de ardor en pagana celebración
de la tierra frente al cable, la calle y el cemento.

Cayó el sol y nos rendimos. La vuelta a la ciudad no fue derrota,
sólo aceptación de verdad, de niñez breve, de juventud en flor,
de madurez en ciernes. La imagen de ese día ha vivido
conmigo desde entonces. Nunca agradecí bastante ese rayo
de sol que aún atesoro y esa verde pradera, que en mis sueños,
aún recorro algunas veces, cuando la noche me ofrece
la ventana anhelada a los comienzos, cuando el mundo era nuevo,
cuando el mundo era simple, feliz y nosotros, inocentes.


Nicolás Calvo
Madrid
Abril 2010

viernes, 16 de abril de 2010

Tres poemas cortos

Antropología
Reflexiono sobre mi mismo
sin éxito:
el observado modifica
al observador.


Conocimiento de las estaciones
Todo acaba en Invierno.
La respuesta de la piel
es la Primavera.


Sobre la alfombra de césped
El Amor
es una apuesta
de la Vida contra la Muerte.
El handicap
está en su contra, pero
la Vida
es tan ciega
como la misma Muerte.


Nicolás Calvo
Madrid
Abril 2010

viernes, 9 de abril de 2010

Hesperia

No recuerdo ya cuantos años viví sobre la tierra.
Me pesan más los muertos que los días, las luces
apagadas de sus ojos, el tacto imposible de sus cuerpos,
la caricia intangible de sus labios me pesan más
que mis arrugas o la escasa fuerza de mi brazo
al trincar la driza o tensar la escota al aproar
mi barco cara al viento empuñando la caña del timón.

Mi playa final debe ser esta de la que apenas salgo.
La mar salobre ya marcó mi cara y mis manos con
la dureza del cuero, de los miembros bañados de algas
y sales por un tiempo, ciertamente, demasiado largo.

La mujer que me acoge y me alivia el peso de las noches
dice que ese hijo, hermoso y delgado como una palmera,
es mi hijo. Lo miro. Nunca lo dudé ni hoy lo afirmo.
En sus tobillos y pies veo a mi padre, la cintura estrecha
es la de ella y de mi, esa tristeza lejana, una melancolía
que aflora en sus ojos ciertas tardes al caer el sol tras el horizonte.

Me detuve aquí o me detuvo el tiempo. Este  país es
sencillo, las gentes son tranquilas y los reyes son tantos
que su poder se diluye en cortas rencillas de ganado y de fronteras.
Me gusta ver en ellos curiosas costumbres que no vi,
o ya olvidé, en otras tierras. La nobleza de la lucha,
que comienza mano al cinto y mano a tierra. El banot 
y el magado acompasan el pastoreo y la piedra certera
lo mismo abate al guirre que derriba al contrario en la pelea.

Pueblo prudente, silencioso, que mira al mar entre sus islas,
como el que mira un recuerdo que se hunde muy adentro.
Y luego sus mujeres, algunas mujeres que en soledad viven,
azotan ese mar en noches de luna llena, como si de un niño
rebelde se tratara, amansando las olas con sus varas.
Es mi bote el único leño que sobre la mar navega. No saben,
o no quieren surcar, cara al viento, ese mar que los separa.

Nunca vi un lugar en que los hombres, con ojos bajos,
cedieran el camino a las mujeres si en la soledad del monte
se encontraran. Nadie rompe la ley. La muerte acecha.

¿Qué me obliga a quedarme?… Nada. Podría partir con la marea
y alcanzar África con la punta de los dedos, pero aquí
estas gentes no hieren los aires con gruñidos, mas acarician
los vientos y las gemelas laderas con sus silbos y llevan
el fuego al sol y lo saludan en la cumbre más alta y en la
siguiente, pero, en verdad, a su dios lo llevan en los labios
y cuando hablan les bate fuerte el corazón, que es donde habita.

Se abate la noche cálida sobre la arena. Una luna amarilla
recorre, uno a uno, los senos de las olas, las manos de la noche
funden sus dedos con los míos. Unos ojos llenos de horas
y de azules me contemplan desde el otro lado del espejo que
un charco remeda junto a la línea final de la marea. Cierro
mis párpados, unas manos cruzan las mías sobre el pecho
y unos labios besan mi boca como si me desearan pasar
una buena noche. La Estrella del Norte brilla sobre la negra arena.
Es posible que mañana aún vea el día; es posible aún amanecer.
Lo se. Es posible aún…sólo posible.

Nicolás Calvo
Madrid
Abril 2010

miércoles, 31 de marzo de 2010

Al-‘arabiyya

Es la arena de Al-‘arabiyya diferente. Pedregoso
desierto que enceguece junto a la orilla esmeralda
de un mar, tan inmisericorde como el propio baldío
que baña bajo el cielo, duro como la cúpula de azul
zafiro del templo, donde su dios habla con palabras
de amor que algunos interpretan como clavos
de acero que hincar en el alma y las conciencias
de una gente valiente, que vive con poco
y desea aún menos, embriagada de espacio y libertad.

Mujeres voluptuosas cubiertas hasta la desaparición.
Poblados errantes donde esas mujeres son sueños
nebulosos que sueñan hombres envueltos en nubes de kif
y de hierbas con olor a jazmín y a rosas, mujeres
que habitan el lugar de la poesía y perviven, reales,
entre el temor y el desprecio, la ignorancia y los hijos,
enamoradas de hombres hermosos que ven la realidad
a través de insondables espejos que sólo reflejan
las paredes de sus ciegas prisiones interiores.

Un fervor sobrehumano los lanza a la conquista y luchan
como inmortales, volcados ya hacia los tiempos en que,
a través de sus manos, la Naturaleza hablará al Hombre
y levantarán palacios de jade y de marfil donde el agua
cantará al agua para crear el milagro del jardín, de la vida
ante la muerte; del reposo frente al caos cegador de lo
imposible que hace al hombre letal enemigo del hombre
e improbable donador de paz, de amistad, en su mirada;
predador inmisericorde de la felicidad de la existencia.

He luchado contra ellos mil veces y una más, cubierto
de hierro, empuñando lanzas afiladas y pesadas espadas
que rompían, una y otra vez, sus formaciones y que,
a la postre, de nada han servido. Vencidos, abandonamos
la Tierra Santa que por años fue cristiana. Sólo una vez
pude hablar con un lenguaje diferente del chirrido del acero
o el golpe de hacha sobre la cota de malla. Una mujer,
noble entre sus gentes, se acercó al campamento, roto de ayes
y repleto de banderas apestando a sangre y a intestinos.

Su hijo yacía, gravemente herido, en las tiendas de su campo.
Los médicos habían abandonado toda esperanza y carecían
de medicinas  para calmar su agonía. Se hizo entender en la florida
lengua franca que hablamos los soldados. Si lográbamos calmar
de su hijo el dolor, las bendiciones de su dios, sobre nosotros
ofrecía y un cofre de monedas, su peso entre dos mulas
bellamente enjaezadas depositado, como presente al capitán
de la cristiana hueste. Si acaso pudiésemos salvar su vida,
ella misma se agregaría, altiva y fría, al tesoro así ofrecido.

Miré sus ojos y sus manos y asentí. Nuestro mejor cirujano
la acompañó a su campamento con dos expertos boticarios.
Tres días lucharon por salvar esa vida y al atardecer del cuarto,
la hermosa se presentó en la entrada de mi tienda y levantó
el velo que ocultaba el resto de su rostro. La envié de vuelta
a su casa y le rogué que cuidara a su hijo para que éste pudiera
dar testimonio de que, el valor de su madre, breves detuvo
unos instantes la guerra y los guerreros habían vuelto a ser
hombres y a reconocerse, silencio entre ellos, como tales.

Años más tarde he sabido que éste que hoy nos vence, es aquél
al que donamos la vida porque una mujer, de manos bellas
y voz enfebrecida, ofreció todo lo que tenía para que así fuera.

Nunca me arrepentí de aquella tarde y creo que el hombre
que a mi lado empuña, como ayer, del cirujano la lanceta,
tampoco considera que hizo mal siendo médico en vez de asesino.


Nicolás Calvo
Madrid
Marzo 2010



viernes, 26 de marzo de 2010

Exordio

"Principio, introducción, preámbulo de una obra literaria, especialmente primera parte del discurso oratorio, la cual tiene por objeto excitar la atención y preparar el ánimo de los oyentes". 


Esto dice el Diccionario de la Real Academia Española. Esa, pues, es mi intención; excitar la atención y preparar el ánimo de los oyentes ("leyentes" en este caso) para el disfrute de la obra. No dejarán de perdonarme el modo, claramente antiguo, de esta presentación; pero es que me divierte mucho el tono formal que presta a todo una atmósfera distante, nada coloquial ni cercana, sino mas bien académica y retórica. Un juego que que espero resulte tan gratificante al lector como ameno lo es para mi. 


Esta es la segunda parte de la tetralogía que aún no tiene nombre definitivo y que comenzó con la mediterránea Ophir y se desplaza ahora a la nórdica Fenris. Que Vds., perspicaces lectores, lo lean bien.


Un saludo


Nicolás Calvo
Madrid 
Marzo 2010

Fenris

Al Norte, en las montañas que lobos y trasgos
dominan, un pueblo de ceñudos guerreros,
en su fría ciudad natal de madera y hielos,
levanta toscas piras que enciende a la gloria
del dios de abiertas fauces y húmedos colmillos.

Así, con temor, los pocos viajeros que a su torva
ciudad arribamos, a una rama con grasa de ciervo
damos fuego sobre la más alta colina que
cierra el camino hasta la gris empalizada,
de musgosos troncos, cuyo lugar abarca.

Fenris la ciudad se llama y a ella ingresamos
a través de este pacto de luz y calor con el numen.
El barro señorea las callejas y se pega al ruedo
de las faldas de rubias mujeres de pechos generosos,
que arrastran la leña, curten las pieles o atizan
el fuego sobre el que el guiso de cordero humea.

Rara vez sonríe esta raza de serias mujeres
de niños sombríos y de hombres tan fuertes
como sus lanzas o sus escudos, sobre los que
vuelven orgullosos vencedores o tristes despojos
de carne, huesos y tendones rotos, desgarrados,
en los sucios, sangrientos y escasos días de la derrota.

Sus risas se oyen, destempladas, cuando en
brutales razzias al enemigo abaten cruelmente
y entonces el hidromiel y la cerveza corren por
sus cuerpos y gargantas y brillan las ajorcas de oro
en los tobillos y los torques de bronce en los rudos
pechos. Carcajadas y gritos y empujones y manos
que vuelan a las nalgas, y bromas femeniles que,
empuñándolos, comparan penes, flácidos o erguidos
miembros, obscenos gestos que celebran la orgía
del guerrero y la valkiria, de la esclava, la señora
o la criada que, al rayar el alba, volverán a su puesto
junto al cerdo, el cordero o la cuna sobre la que
el niño rubio y fuerte muerde el pecho y lacta vida,
rescatada de las nubes del alcohol, en los senos
hinchados de su madre, su hermana o su nodriza.

Un hombre maté en agria disputa pues más hábil,
maligno o traicionero fue mi criminal golpe. Su
hembra, su hijo y su casa adquirí con estocada
asesina. Los ojos de su familia no se humedecieron
cuando su broncíneo torque decoró mi pecho
y la hermosa mujer ocupó su lado en mi cama.

A su hijo entrené durante un año en las artes
de la guerra, el dolor y la violencia. Entre hombres
brutales fui brutal, entre nobles y dignos combatí.
Su honor, su casa, su dios pesaban sobre sus frentes
y ceñían sus corazones con fuertes, onerosas, cargas.

Mi hembra fue generosa en la cama, parca en la palabra
y seca en el amor, mas de alta frente y puño fuerte
con los que encauzar hijo, hacienda, hombre y casa.

Cuando de nuevo las blancas, altas nieves comenzaron
a borrar de los caballos las huellas en los caminos,
le hablé de irme y de que conmigo su hijo y ella
compartieran viaje hacia soles desconocidos, hacia tierras
de arena y calor, acompañando mi lecho y mi destino.

A través de doradas pestañas me abrazó con su mirada
y entre altiva y desdeñosa, sus palabras sonaron
como ecos en el valle. Pertenezco a mi pueblo y a mi sangre
y mi hijo no es tuyo, ni mi casa. Si eres quien creo que eres
aquí me dejarás con mi honor intacto. La entregué en matrimonio
al hermano de su marido muerto. Los tres me despidieron
entre abrazos rígidos y fuertes, pero esperaron juntos
en lo más alto de la más alta colina a que mi silueta
se fundiese en la distancia. Aún llevo sobre mi pecho el torque
broncíneo de su padre, hermano y marido, mi abatido adversario.

Nicolás Calvo
Madrid
Marzo 2010

miércoles, 17 de marzo de 2010

Proemio

Es excelente no haber tenido nunca vida interior. Esta premisa concede al escribidor enormes licencias y al lector tanto la posibilidad de disculpar como de gozar las inepcias del torpe amanuense. Esta que aquí presento, Ophir,  rodeada del prestigio de lo arcaizante, es la primera de una serie que constará de cuatro piezas que están a caballo (o se quedan) entre el poema y la prosa poética. No le daría yo un nombre u otro y querría que fuese el atrevido lector el que las calificase. Espero, que si son del gusto de alguien, no vacile en dejar una nota al borde del camino para deleite del oficiante y de los manes que en el templo, junto al camino, velan por los viajeros. ¡Evohé, hermanos, evohé!

Nicolás Calvo
Madrid
Marzo 2010

Ophir

Arribé a Ophir y a los pies del dios de polimorfas apariencias, deposité
mi ofrenda como un viajero más que agradece la llegada al puerto
y previene la próxima partida, que supone no lejana, con dones
y dádivas ante los altares de extrañas y paganas deidades.

Ophir, la Bella, desparrama su blanco caserío por la falda
de la montaña, vecina al mar y por la fértil llanura; llanura
a la que el río, que llaman Escamandro, cerca y fecunda
con aguas brillantes; frescas riberas, verdes y olorosas.

De Ophir se cuenta, cuyos palacios son casas, que de ellos
en la noche, salen las veladas mujeres, criadas y princesas,
embozadas en grises mantos de niebla para ofrecerse, lascivas,
en danzas amorosas, a los oscuros marineros llegados
de todas las aguas, empujados por todos los vientos
y que de su unión nacen los reyes y los guerreros de la Invisible.

Hablan las blancas paredes y los negros frontispicios de Ophir,
la Dorada, la ceñida por calles estrechas y murallas altas,
de otras sombras travestidas, que de los precisos palacios,
buscan el sexo entre otros hombres y que los mismos u otros solitarios
marineros derraman la semilla en sus gargantas a cambio de amor,
de ricas sedas,  sabrosos vinos, de favores o de crímenes.

La flota de Ophir es poderosa, pero quien defiende a Ophir
no es la guerra, sino las noches lánguidas de Junio y Julio,
los cálidos abrazos, los muslos, las bocas. las nalgas,
las espaldas o los senos; los cuerpos que en Agosto elevan sus roces,
sus murmullos, sus caricias, al dios de polimorfas apariencias
en óbolo dichoso que la ciudad otorga feliz por la paz deseada.

Fue Ophir muchas veces caída en derrota pero, poco tiempo pasado,
al ocaso de la tarde podíase ver a su tirano rendido entre flores y vino
mientras su espada y su yelmo se cubrían de orín, abandonados
bajo el tálamo, a los pies preciosos de una bella escultura humana
de negros cabellos ensortijados o de hermosas manos de alabastro,
mientras de la ciudad entera subía el calor del verano hasta las sienes.

Otros, bajo los puñales que los capitanes de la guardia en las rojas
capas limpiaban de su sangre, yacían olvidados, víctimas del dios
hermoso que cerró las ambiciosas luces de sus caras con la negra
mano de la Muerte, comprada con plata dorada entre sus propias huestes.

El viajero respeta Ophir y le rinde homenaje entre vapores de incienso
y suaves telas; mas parte y desde la alta popa de su navío despide
la blanca concha de su bahía, incandescente en el crepúsculo, porque
no es en Ophir donde su alma desea descansar. Aún es pronto, la mar
se extiende como una incógnita muralla de aterciopeladas aguas, tendida/
como una hembra preñada de futuros y el navegante, aún curioso,
pretende saber qué se esconde más allá, donde el refulgente sol se vela
y se esconde cada noche mientras su pálida hermana, de trenzas de plata,/
de nácar y corales ornada comienza a reinar, rielando, entre las olas.

Nicolás Calvo
Madrid
Marzo 2010

jueves, 11 de marzo de 2010

Pequeñas sevicias

¿Ya te vendiste hoy?
Disfruta tu precio.
Es posible que mañana
no cobres por lo mismo.

Nicolás Calvo
Madrid
Marzo 2010

viernes, 5 de marzo de 2010

Un hermoso día

Recogió los restos de tristeza
esparcidos por el mantel
y los arrojó al cubo de la basura
mezclados con las migas de pan
del desayuno.

Se ciñó, con la cabeza alta,
la bandolera al hombro
y junto al pañuelo tiró
las pobres secreciones del dolor
de la mañana.

Sacó de su gorra los últimos
restos de la noche y al abrir
la puerta, una brillante línea de luz
vertical, le partió la frente
entre los ojos.

Nicolás Calvo
Madrid
Marzo 2010
 
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